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Por Alfredo G. Pierrat *

Imagen activaCaracas (PL) A menos de dos meses de las elecciones presidenciales del 7 de octubre en Venezuela, muy pocas dudas quedan de que la cita será sellada por una nueva victoria, probablemente muy amplia, del presidente, Hugo Chávez.

  Así lo indican los vaticinios de prácticamente todas las encuestas, que solo difieren entre ellas en la magnitud de la ventaja que obtendrá el mandatario sobre su principal rival, el representante de los sectores más conservadores del país, Henrique Capriles Radonski.

De los otros cinco candidatos nadie se ocupa y ni siquiera los medios de prensa los mencionan, pues representan a sectores muy minoritarios, y lo más probable es que todos juntos a duras penas consigan el uno por ciento de los votos, como ha ocurrido en comicios similares anteriores.

En un escenario político claramente polarizado, los casi 19 millones de ciudadanos inscritos en el padrón electoral deberán escoger el 7 de octubre entre dos modelos de sociedad representados por Chávez y Capriles, en una decisión que seguramente marcará por largo tiempo el futuro de Venezuela.

Para el actual mandatario, lo que está en juego en estas elecciones es el futuro de Venezuela, pues en el caso hipotético de una victoria opositora, se perderá la independencia alcanzada durante los últimos 13 años y el país volvería a ser controlado por Estados Unidos.

En ese planteamiento, Chávez ha sido muy claro, y lo ha repetido en todos los discursos pronunciados desde que comenzó de manera oficial la campaña electoral, el pasado 1 de julio.

Por eso, la preservación, la expansión y la consolidación de la independencia nacional es el primero de los cinco objetivos históricos del plan de gobierno que presentó el 11 de junio, cuando oficializó su candidatura ante el Consejo Nacional Electoral (CNE).

También ha sido muy claro y no ha engañado a nadie sobre el modelo de sociedad que defiende, que no es más que "continuar construyendo el socialismo bolivariano del siglo XXI", un proyecto económico y social concebido de acuerdo con las particularidades específicas de Venezuela.

EL MODELO OPOSITOR

Del modelo de sociedad que Capriles Radonski propone solo es posible hablar a partir de conjeturas, pues los detalles de lo que el candidato pretende hacer si llegara al gobierno son escasos y en sus pronunciamientos se limita a promesas de progreso que nunca define y mucho menos explica como concretarlas.

Tampoco el programa de gobierno que Capriles presentó al CNE despeja las dudas, pues, salvo algunas menciones específicas, está lleno de enunciados generales y muy pocas precisiones sobre sus objetivos.

Sin embargo, no hace falta mucha imaginación para inferir el rumbo que tomará Venezuela en un eventual gobierno presidido por este candidato, a quien Chávez calificó, durante un discurso pronunciado el 11 de agosto en el estado Táchira, de "burguesito miamense".

"Es uno de los hijos de la burguesía venezolana que se enriqueció robándole al pueblo (â��) y su programa no es de él, es de Fedecámaras, de la alta burguesía, de los golpistas de abril (de 2002), de la derecha de Estados Unidos", señaló el presidente en esa ocasión.

"Pienso que su personalidad se aproxima a lo que es un nazi-fascista embrionario", escribió posteriormente en relación con Capriles un analista político local que firma con el seudónimo de Marciano los artículos que publica regularmente en el capitalino diario Vea.

Algunos detalles sobre el modelo de sociedad que defiende el candidato opositor pueden encontrarse, sin embargo, en declaraciones de representantes de las fuerzas que él representa.

Un ejemplo es el presidente de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecámaras), Jorge Botti, quien a mediados de agosto dijo que bajo un gobierno de Capriles, la economía venezolana se abriría al mercado para poder desarrollarse.

La alusión al retorno del modelo neoliberal, con una liberalización total de la economía y la reducción del aparato estatal es clara en las declaraciones del presidente de Fedecámaras, entidad que desempeñó un papel protagónico en el golpe de Estado de abril de 2002 contra Chávez.

Su principal dirigente de entonces, Pedro Carmona Estanga, fue la cara visible de los golpistas, quienes lo invistieron presidente de la República, aunque por la efímera duración de la asonada se le conoció después como Carmona el Breve.

Pero si algo parece seguro entre los objetivos de un eventual gobierno opositor es la privatización total o parcial de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), el regreso de las transnacionales petroleras estadounidenses y el abandono de las políticas dirigidas a mantener en un nivel adecuado los precios internacionales del crudo.

La principal consecuencia a muy corto plazo sería el desmontaje de las misiones sociales, que en su casi totalidad son financiadas con recursos generados por las exportaciones de petróleo.

EL PLAN B

A juicio de algunos analistas, la vaguedad del discurso de Capriles responde a la necesidad de ocultar sus verdaderos objetivos, pues de revelarlos, correría el riesgo de perder el favor de una parte de sus potenciales votantes.

Es un candidato de derechas, a quien su comando de campaña le ha orientado formular propuestas cercanas a la izquierda, porque en la Venezuela de hoy es imposible ganar una elección con un discurso de derecha, opinó recientemente Jesse Chacón, director del Grupo de Investigaciones Sociales Siglo XXI.

De esa realidad está conciente un sector de la derecha venezolana, el cual también está convencido de la imposibilidad de impedir por medio de las urnas la reelección de Chávez, algo que seguramente se conoce desde hace tiempo en los centros de poder de Washington.

Con una de las reservas probadas de petróleo más grandes del planeta, Venezuela es para Estados Unidos una presa de la que no se puede prescindir y según el criterio de diversas fuentes, un plan B, en el que Washington desempeña un importante papel, ya está en ejecución en la nación suramericana.

De creer lo que denunció a mediados de agosto un diario de Caracas, existe un plan para provocar en Venezuela el mayor caos, violencia y enfrentamiento posibles, si como todo indica, el presidente Chávez emerge triunfante de las elecciones del 7 de octubre.

Según señaló ese periódico en un editorial, las instrucciones con tal objetivo fueron impartidas por el gobierno estadounidense a "la burguesía criolla" por intermedio de su embajada en esta capital.

Se trataría de realizar acciones principalmente en los estados donde las gobernaciones y alcaldías se encuentran en manos de la oposición, las cuales contarían con el apoyo de mercenarios contratados que ya se encuentran en Venezuela.

El plan consistiría en tratar de evitar a toda costa que se instale un nuevo gobierno de Chávez, un escenario que requerirá la inmediata denuncia del supuesto fraude electoral para generar seguidamente la condena interna y foránea y una eventual intervención estadounidense en el país.

Sea cierto o no, múltiples indicios derivados de la actuación durante los últimos meses de líderes opositores apuntan en esa dirección, y el gobierno parece estar al tanto, pues el propio presidente ha reiterado las advertencias y alertado sobre las consecuencias de tales acciones.

Todo indica que las fuerzas que respaldan a Capriles se proponen desconocer los resultados de los comicios que anuncie el CNE, y se preparan para adelantarse y anunciar el triunfo de su candidato.

Estudios de empresas encuestadoras desconocidas, con datos que sugieren empate técnico entre los dos contendientes e incluso con ventaja para Capriles, indican el intento de crear un ambiente propicio para calificar de fraudulentas las cifras del CNE y proclamar la victoria de Capriles.

"El golpe camina con precisión matemática, y además es una operación internacional. Es hora de tomar muy en serio esta amenaza y prepararnos para derrotarla", alertó hace pocos días un conocido columnista de la prensa capitalina.

*Corresponsal de Prensa Latina en Venezuela.


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